No puedo decir cómo conocí a Ricardo. Esta entrada está en el programa a protección a testigos. Sólo la escribo porque me lo debo.
Desde hace un tiempo he estado sintiendo tantas cosas, que creo que me estoy ahogando. No sé con quién hablar al respecto, y me parece absurdo que todo se deba a Ricardo.
Lo irónico es que ahora que decidí escribir sobre él, no me salen las palabras. Tal vez aún tengo todo muy revuelto por dentro.
Así que ha llegado la hora de desenredar el nudo.
Ha llegado la hora de perdonar y soltar.
Pero es muy difícil hacerlo con alguien que tengo que ver a diario. Al final, ésta será una entrada sobre la tusa. O el intento de no caer en ella.
La cuestión está en aprender a olvidar. Mi estrategia es clara: voy a hacer que Ricardo sea invisible, al fin y al cabo "ojos que no ven, corazón que no siente", ¿no?
Es difícil completar una entrada cuando no se sabe a qué punto se quiere llegar. Es como dar vueltas en una carretera circular atascada. Vas en tu carro y quieres salir, pero no sabes qué camino tomar porque ni siquiera has decidido dónde pasar la tarde, y cuando por fin lo decides, otro carro se te adelanta y debes dar otra vez la vuelta para probar suerte. Pero te distraes y entran más carros, ya no sales. Ahora tienes miedo de estar dando vueltas en el carro de manera infinita.
Sé que estoy exagerando, y que tendría que ser muy mala conduciendo para quedar atascada en una situación así. Pero es el ejemplo perfecto para describir lo que me pasa con Ricardo.
Él está ahí, es un fantasma que no se va. Es esa costra que uno quiere arrancar desesperadamente, aunque lo más sabio siempre será esperar a que se caiga sola.
Ricardo es el café que uno prepara con mucho amor pero que no puede tomar de inmediato por alguna razón, y termina enfriándose.
Ricardo es un golpe en el dedo chiquito del pie derecho, ese que pasa por distraída y por partida doble, después de haberte golpeado el dedo chiquito del pie izquierdo.
Ricardo es la piedra en el zapato que creías que ya habías sacado dos cuadras atrás, pero que vuelve a aparecer en el momento en que te tienes que montar al transmilenio (hora pico) para no llegar tarde.
En fin, es tantas cosas ahora. Nada se compara a lo que pudo llegar a ser hace unos pocos meses.
Tal vez si sigo escribiendo sobre él, gaste tanto su nombre y su imagen, que logre al fin cumplir mi prometido y volverlo invisible. Reducirlo a la nada. Hacer lo que hace Peñalosa: dejar que su recuerdo se pudra a la sombra de un poste y con el paso de los días ignorar que sigue ahí, hasta que al final se me olvide.
Tal vez debería dejar de pensar en él con cosas lindas como la canción de Natalia Lafourcade.
Tal vez, al final, lo único que necesito es entender que el amor es otra cosa. Que nunca estuvo, ni va a estar jamás, en aquellos ojos verdes.
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