miércoles, 7 de febrero de 2018

Let's talk about Alice

La primera vez que vi a Alice fue como una escena de película. De algún modo nuestras miradas se encontraron, y sentí que debía conocerla.

Después de ese vinieron otros dos encuentros de miradas. Un tiempo después, ella me confesaría que se quedó mirándone porque me vio envuelta en un aura amarilla. Yo no tengo certeza alguna de por qué me quedé mirándola, ejerció sobre mí la atracción de un imán y no pude apartar la vista.

Lo que sucedió después es lo que pasa siempre. Una, dos citas. Hablar de la vida. Conectar experiencias y tratar de afianzar, lo que creía, podía ser algo más que una buena y curiosa amistad.

Pero el asunto quedó atascado a mitad de camino. Es la facilidad que tiene la vida para poner máscaras sobre lo que el hombre piensa o siente. Uno siempre llega a la conclusión de que nada puede ser simple, tal y como se muestra, tal y como uno imagina. La moneda tiene siempre dos lados. Y eso llena el mundo de posibilidades.

Alice se va para Madrid. Su viaje surgió poco tiempo después de habernos conocido. Es la fatalidad del destino. La vida es un chiste irónico. Pero chiste al fin y al cabo.

Hoy pienso en Alice y en lo que me decía sobre ser más abierta con los demás, porque creo firmemente que ahora más que nunca, el muro que he decidido levantar frente a mi relación con los demás, se consolida y se hace más grueso, impenetrable, laberíntico.

No estoy muy segura de lo que busco o no en los demás, pero siempre miento. Soy consciente de ello. La persona que Alice conoció buscaba una especie de compromiso. Sé que eso le transmití, así como ella me transmitió su miedo al compromiso. Como dos piezas de un rompecabezas que encajan de forma errónea.

Cuando empezamos a caminar el terreno del miedo y la incertidumbre, yo quise convencerla de que no se puede vivir con miedo. Vivir con miedo no es vivir, le dije, es mejor vivir las cosas, dejarlas fluir en el presente, no cerrarse a las posibilidades.

Definitivamente todo en mí es una gran ironía.

Y la historia termina ahí. Alice disfruta sus últimos días en Bogotá, antes de partir a Madrid. Yo pienso en ella de vez en cuando, con un cariño enorme, a veces dudando de lo que pudo ser, pero siempre adivinando con certeza el final, que no podría ser otro diferente al que ya se dio.

Escribo para no olvidar. Y espero, Alice, que si algún día me lees, te sientas feliz porque decidí seguir tu consejo de volver a escribir.

Espero que perdones, de igual forma, que la primera entrada sea sobre ti.

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